GABRIELA GUTIÉRREZ PEZO
Doctoranda en Antropología y Comunicación. Universitat Rovira i Virgili
gabriela.gutierrez.pezo@gmail.com · https://orcid.org/0000-0003-2253-783X
RESUMEN: Este artículo1 analiza la trayectoria migratoria de Laura,2 una mujer dominicana residente en Santiago de Chile, con el objetivo de comprender los procesos de agenciamiento desplegados en contextos de desigualdad interseccional y sus efectos en la reconfiguración de género. Desde una perspectiva interseccional y transnacional, y mediante una metodología biográfica, se reconstruye su historia de vida desde la infancia hasta el presente. A partir de entrevistas biográficas, se exploran las motivaciones migratorias, las experiencias laborales, las dinámicas familiares y los vínculos sociales construidos en destino. Los hallazgos muestran cómo, incluso en condiciones de subordinación, emergen formas de agencia situada que tensionan los mandatos hegemónicos de género y parentesco, redefiniendo las esferas materiales y simbólicas de la vida desde claves emancipatorias.
PALABRAS CLAVE: Historia de vida; migraciones femeninas; interseccionalidad; agencia; reconfiguraciones de género.
AGENCY AND MIGRANT RESISTANCE: THE TRAJECTORY OF LAURA, A DOMINICAN WOMAN IN CHILE
ABSTRACT: This article analyses the migratory trajectory of Laura, a Dominican woman living in Santiago, Chile, with the aim of understanding the processes of agency that unfold in contexts of intersectional inequality, and their impact on gender reconfiguration. Adopting an intersectional and transnational perspective, and using a biographical methodology, the article reconstructs her life story from childhood to the present. Drawing on biographical interviews, it explores her motivations to migrate, work experience, family dynamics, and the social ties she has built in her host country. The findings reveal how, even under conditions of subordination, forms of situated agency emerge that challenge hegemonic gender and kinship norms, thereby redefining both the material and symbolic dimensions of life from an emancipatory standpoint.
KEYWORDS: Life history; female migration; intersectionality; agency; gender reconfiguration.
Recibido el 30/01/2025
Aceptado el 27/05/2025
La presente investigación se propone contribuir a la discusión sobre las experiencias de mujeres migrantes latinoamericanas en los desplazamientos sur-sur, con énfasis en las condiciones de desigualdad interseccional (Magliano, 2015) y en las formas de resistencia que emergen en dichos procesos. Lejos de una narrativa centrada exclusivamente en la victimización o en la idea de una agencia plena desplegada durante la migración (Gregorio, 2006), este artículo apuesta por una lectura situada y relacional de la migración femenina, entendida como un proceso atravesado por tensiones, ambivalencias y estructuras de poder (Pessar y Mahler, 2001; Yuval-Davis, 2006). En este marco, se plantea la pregunta: ¿cómo se configuran los procesos de agencia y las reconfiguraciones de género en mujeres migrantes que enfrentan desigualdades interseccionales?
Desde esta perspectiva, y mediante un enfoque biográfico, el estudio tiene por objetivo comprender, a partir de la historia de vida de una mujer dominicana, los procesos de agenciamiento que se despliegan en contextos de desigualdad interseccional, así como las reconfiguraciones de género que emergen a lo largo de su experiencia migratoria. La historia se centra en Laura, una mujer y madre dominicana que migró de forma autónoma a Chile hace catorce años y que, desde entonces, ha construido una vida transnacional marcada por tensiones entre cuidados, trabajo y vínculos afectivos. A través de entrevistas biográficas y encuentros informales, se reconstruye su trayectoria desde la infancia hasta el presente, teniendo como eje articulador el hecho migratorio.
El artículo se organiza en cuatro secciones. Primero, se presenta la discusión conceptual que orienta el análisis, con énfasis en la interseccionalidad, las familias y las maternidades transnacionales, la agencia y las resistencias. Luego, se abordan los aspectos metodológicos, destacando la perspectiva biográfica y las decisiones éticas y analíticas adoptadas. En la tercera sección se expone la historia de vida, estructurada en torno a sus motivaciones migratorias, transformaciones familiares, experiencias laborales y vínculos sociales. Finalmente, se desarrollan las conclusiones, que problematizan los procesos de agencia y la reconfiguración identitaria en tramas marcadas por asimetrías estructurales.
Los estudios migratorios han intentado abordar de manera constante las motivaciones que intervienen en la decisión de desplazarse. En este sentido, considerando que la feminización de las migraciones constituye una característica central de la era actual (Castles y Miller, 1993), la pregunta sobre por qué las mujeres deciden cruzar fronteras se ha convertido en una dimensión analítica relevante. A partir de ello, se han formulado varias respuestas que, siguiendo las categorías de Oishi (2002), abordan factores de nivel macro (estados), intermedio (sociedad) y micro (individuo).
Sin pretender agotar el abanico de elementos posibles, desde una perspectiva de nivel macro, los análisis evidencian cómo las desigualdades de desarrollo entre distintos países generan condiciones de pobreza y desempleo que empujan a muchas mujeres, especialmente desde el Sur hacia el Norte global, a migrar en busca de mejores oportunidades laborales y económicas (Gil y Agrela, 2008; Sassen, 2003). Esta dinámica, estrechamente vinculada con la feminización de la supervivencia, ha implicado para muchas de ellas una inserción en mercados globales caracterizados por formas de trabajo precarias que perpetúan y profundizan las desigualdades (Sassen, 2003).
Desde un nivel intermedio, también se han identificado factores institucionales, como la imposibilidad del divorcio o las restricciones legales y sociales impuestas a las mujeres en origen (Martínez, 2003). En efecto, se ha observado que, en algunos casos, la migración se configura como una oportunidad de «divorcio alternativo», siendo una separación menos estigmatizada socialmente (Lagomarsino, 2014). Junto con esto, las redes migratorias transnacionales operan como capital social, facilitando los desplazamientos y articulando necesidades económicas, afectivas y de cuidado (Hondagneu-Sotelo, 1994; Massey et al., 1993).
Del mismo modo, desde una esfera microsocial, las migraciones se han comprendido como una estrategia de supervivencia, influenciadas por la maternidad y el contexto familiar (Martínez, 2003), siendo las remesas un elemento clave para las mujeres en su rol de proveedoras y responsables del hogar (Correa, 2014). Frente a ello, las discusiones sobre su incidencia en la división sexual del trabajo y las relaciones de poder en el interior del grupo familiar resultan fundamentales (Gregorio, 1998).
Asimismo, se han documentado razones vinculadas a deseos de emancipación y libertad individual, en las que la migración aparece como una vía de escape frente al control familiar y a los roles de género opresivos en origen, permitiéndoles a las mujeres redefinir sus vidas y aspiraciones (Acosta, 2013; Correa, 2014; Stefoni, 2002). En consecuencia, resulta importante tener en cuenta aquellas situaciones que incorporan horizontes de transformación cultural y personal (Acuña et al., 2015).
En varias ocasiones, las experiencias de las mujeres migrantes, sin desconocer las particularidades de cada vivencia, se encuentran condicionadas por vectores de desigualdad que operan de forma conjunta como expresiones de violencia estructural y simbólica (Contreras-Hernández y Trujillo-Cristoffanini, 2023). De hecho, las mujeres son más propensas a sufrir malos tratos y a experimentar una doble discriminación en los países de destino, en comparación con los hombres, debido a su condición de género y estatus migratorio (Organización Internacional para las Migraciones [OIM], 2024).
Bajo este escenario, muchas mujeres migrantes terminan insertándose en nichos laborales altamente precarizados, feminizados y desvalorizados, vinculados principalmente al trabajo doméstico y de cuidados (Gregorio, 2006; Parella, 2003). A raíz de ello, enfrentan una triple discriminación derivada de su género, estatus migratorio y posición social (Parella, 2003). Esta situación debe analizarse en el marco de la denominada crisis de los cuidados y la creciente demanda de mano de obra femenina para tareas reproductivas (Ezquerra, 2012; Pedone, 2008).
A estas condiciones se suman las exclusiones que experimentan en el acceso a derechos fundamentales como la salud, la justicia y la regularización migratoria, lo que constituye una forma de violencia estructural e institucional (Fernández-Matos, 2019). Asimismo, presentan mayores riesgos de sufrir violencia intrafamiliar y de ser captadas por redes de trata de personas (Vargas-Ribas, 2022), siendo la migración irregular un factor de riesgo significativo (Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito [UNODC], 2020).
Del mismo modo, estas mujeres suelen ser blanco de representaciones estigmatizantes que las definen a partir de estereotipos corporales, posicionándolas como sujetas sexualmente disponibles y naturalmente serviciales. Tales imaginarios articulan dimensiones de racismo, sexismo y clase dentro de una estructura interseccional de subordinación, donde sus cuerpos son simultáneamente erotizados y racializados (Fernández-Matos, 2019; Viveros Vigoya, 2009).
La interseccionalidad, conceptualizada por Crenshaw en el marco del feminismo negro, se ha consolidado como una herramienta teórico-metodológica orientada a analizar cómo las relaciones de poder estructuran el orden social y condicionan las oportunidades de vida de las personas (Anthias, 1998; Crenshaw, 1991). Como plantea Salem (2014), esta perspectiva invita a examinar no solo las formas de marginación que experimentan los actores sociales, sino también cómo estas interactúan para producir situaciones únicas.
Para Anthias (1998), el tejido social está marcado por las divisiones de sexo, género y raza/etnia. Estas diferenciaciones impregnan el orden establecido y se encuentran en el corazón de las prácticas discursivas, simbólicas, psíquicas, económicas y políticas, aunque no adopten formas ni significados universales. El cruce de dichas categorías conlleva relaciones y procesos discursivos, simbólicos, económicos y políticos, que se moldean en condiciones históricas determinadas, generando jerarquías en el acceso a diferentes recursos.
Este entramado produce una noción de «normalidad» que patologiza al «otro» según los mandatos hegemónicos, estableciendo fronteras de inclusión y exclusión (Anthias, 1998; Hill Collins, 2000; Yuval-Davis, 2006). Por ejemplo, en el caso de las mujeres migrantes, esto se traduce en su asociación naturalizada con el trabajo de cuidados, reforzando estereotipos racializados y de género que legitiman su inserción en espacios precarizados e invisibilizados (Gregorio, 2006; Herrera, 2016; Magliano, 2015).
Igualmente, Hooks et al. (2004) advierten que las identidades de raza y clase generan diferencias en la calidad de vida, el estatus y el estilo de vida que sobrepasan las experiencias comunes que las mujeres comparten, y que rara vez se trascienden. Por ello, resulta fundamental analizar cómo se construyen los posicionamientos sociales y cómo se interrelacionan en contextos atravesados por procesos históricos, económicos y políticos (Yuval-Davis, 2006).
Para Magliano (2015), la perspectiva interseccional es fundamental en el análisis de las vidas de mujeres migrantes, permitiendo comprender cómo las categorías sociales, tales como género, clase, etnicidad y estatus migratorio, se entrelazan de manera relacional, generando experiencias desiguales y jerarquizadas.
El enfoque transnacional permite comprender cómo las personas migrantes sostienen vínculos simultáneos entre origen y destino, configurando un campo social entre ambos (Glick-Schiller et al., 1992). Estas prácticas transforman valores y rutinas cotidianas, afectando el habitus y las estructuras sociales (Vertovec, 2004), y se expresan también en «remesas sociales», es decir, en ideas, comportamientos y capital simbólico que inciden en los lugares de origen (Ciurlo, 2014; Levitt, 2001).
A propósito de esto, una dimensión clave del vivir transnacional la constituye la familia y las reconfiguraciones que acontecen cuando los vínculos se sostienen a distancia. Le Gall (2012) define las familias transnacionales como redes dispersas territorialmente que mantienen lazos estrechos. Para Bryceson y Vuorela (2002), son unidades multisituadas que, pese a la separación, conservan cohesión emocional e identidad colectiva. Estos núcleos requieren de un constante «trabajo de parentesco» para garantizar su cohesión y reproducción social (Di Leonardo, 1987; Herrera, 2004).
En este escenario, cuando las mujeres migran sin sus hijos, ejerciendo una maternidad transnacional (Hondagneu-Sotelo y Ávila, 1997), se tensionan las nociones tradicionales de género y parentesco, particularmente las vinculadas a la maternidad. A raíz de ello, suelen ser catalogadas de «malas madres» o «malas esposas» y responsabilizadas por los conflictos familiares que puedan surgir en su ausencia (Parella, 2012). Estas sanciones morales adquieren especial fuerza en América Latina, donde persiste una visión normativa de la madre asociada al sacrificio, la abnegación y la transmisión de valores familiares (Lagomarsino, 2014; Pedone, 2008; Stevens y Soler, 1974).
Frente a ello, autoras como Bogino (2020) y Gregorio (2013) han problematizado la maternidad hegemónica, destacando prácticas alternativas como la maternidad migrante y en colectivo, donde múltiples mujeres, madres, abuelas, hermanas, asumen el cuidado. Estas formas permiten sostener la crianza a distancia y, a la vez, constituyen espacios de resistencia que redefinen el significado de una «buena madre» en situaciones de desplazamiento y desigualdad. En esta línea, Hill Collins (2000) introduce el concepto de othermothers para referirse a mujeres de la red comunitaria que asumen el cuidado como forma de resistencia frente a la exclusión estructural.
Los análisis de las maternidades transnacionales revelan tensiones entre continuidades y cambios en los roles de género. Mientras algunas trayectorias migratorias favorecen la autonomía femenina, en otras persiste la sobrecarga del trabajo reproductivo, incluso en la distancia, sin redistribución de responsabilidades (Gregorio, 1998). Esta carga suele recaer en las mujeres que permanecen en origen, dentro de esquemas de cuidado que excluyen a los hombres (Lagomarsino, 2014; Parreñas, 2015; Pedone, 2008). Incluso los niños pueden asumir tareas de cuidado, participando activamente en los vínculos de parentesco (Gregorio y Gonzálvez, 2012). Así, la migración abre posibilidades de agencia, pero no garantiza necesariamente una ruptura con las desigualdades que la configuran (Rosas, 2010).
A pesar del creciente protagonismo de las mujeres en los flujos migratorios, sus recorridos han sido mayormente analizados desde relatos que las posicionan como sujetas subalternas, perpetuando una imagen de fragilidad y vulnerabilidad (Domínguez y Contreras, 2017), e invisibilizando su capacidad de agencia, entendida como la facultad de actuar, tomar decisiones y transformar su realidad (Casado, 1999). Como advierten Lacomba y Moraes (2020), estas representaciones derivan de enfoques que conciben la migración como un simple reequilibrio entre sociedades emisoras y receptoras, o como un fenómeno centrado en la extracción de fuerza laboral, omitiendo los componentes subjetivos, políticos y sociales que configuran la experiencia migratoria.
En contraposición, varios autores han reivindicado la agencia de las personas migrantes. Al respecto, Sen (2000) plantea que no deben ser vistas como receptoras pasivas de beneficios, sino como agentes capaces de incidir en su propio destino. Sayad (2010) también destaca que, incluso en circunstancias de desigualdad estructural, los migrantes negocian derechos y desafían estructuras de poder. Para Pessar y Mahler (2001), esta agencia no se limita a la acción visible, sino que también se expresa en procesos cognitivos, afectivos e imaginarios. Se trata de una agencia situada y relacional, configurada en la interacción de estructura y subjetividad.
Según Contreras y Alcaide (2021), la agencia puede ejercerse incluso en contextos de alta vulnerabilidad, a través de decisiones cotidianas como redefinir caminos laborales o construir redes de apoyo. A propósito de esto, conceptos como la sororidad (Lagarde, 2012) y la ética del cuidado mutuo (Hooks, 2017) permiten comprender cómo las mujeres, en colectividad, se organizan para resistir y transformar las estructuras de poder.
Desde los feminismos, Ortner (1979) afirma que las mujeres pueden subvertir las normas de género mediante la resistencia, la acción colectiva y su agencia cotidiana. Butler (2014), por su parte, destaca que pueden emerger desde la vulnerabilidad acciones de resistencia siempre que existan condiciones materiales e infraestructurales para su despliegue. Para Mahmood (2008), en una interpelación crítica al feminismo occidental liberal, la agencia no debe entenderse únicamente como resistencia, sino también como una capacidad de acción que puede surgir desde relaciones específicas de subordinación.
A partir de los años 1990, con el regreso de la democracia y en un escenario de cierta estabilidad sociopolítica y económica, Chile se convirtió paulatinamente en un destino atractivo para migrantes provenientes de territorios transfronterizos. Desde entonces, siguiendo las tendencias de los flujos sur-sur, el país ha experimentado un incremento significativo y sostenido de la migración intrarregional, progresivamente feminizada y compuesta por personas de diferentes nacionalidades.
En este marco, la migración dominicana se intensificó a partir de 2010, favorecida por la exención de visas y la crisis económica en Argentina. Según Galaz et al. (2016), las principales motivaciones de desplazamiento están asociadas a la búsqueda de empleo y la mejora en las condiciones de vida. En 2022, se registraron 19.632 personas dominicanas en Chile (1,2 % del total migrante), con un perfil mayoritariamente femenino (65,6 %) y joven (edad media de 32 años) (Servicio Nacional de Migraciones [SERMIG], 2024).
Esta población, con niveles educativos básicos y medios (primaria y secundaria), se inserta principalmente en empleos poco cualificados, como la construcción, el comercio y los servicios. Las mujeres, en particular, trabajan en el servicio doméstico, la hostelería, la estética y, en algunos casos, en el comercio sexual, enfrentando múltiples formas de violencia y racialización asociadas a sus atributos afrocaribeños. Además, se observa una tendencia a la configuración de familias transnacionales, donde la crianza de hijos e hijas queda mayoritariamente a cargo de abuelas u otras cuidadoras en origen (Galaz et al., 2016), lo que resignifica los vínculos y refuerza dinámicas de cuidado colectivo a distancia.
Esta investigación se desarrolló desde un enfoque cualitativo, con un diseño metodológico flexible orientado a comprender las experiencias sociales desde las voces de sus protagonistas (Flick, 2007; Taylor y Bogdan, 1994). En este marco, se empleó el método biográfico, mediante el cual se reconstruyó la historia de vida de una mujer dominicana residente en Chile. Esta perspectiva permitió analizar su proceso migratorio articulando dimensiones subjetivas con procesos sociales y políticos más amplios (Chamberlayne et al., 2000).
Desde una perspectiva epistemológica, el enfoque biográfico valora el conocimiento construido desde la singularidad y la intersubjetividad entre quien investiga y quien narra (Cornejo, 2006). Además, facilita la comprensión de las dimensiones afectivas, culturales y sociales de las trayectorias (Correa, 1999), y se consolida como herramienta crítica, coherente con una mirada feminista, para visibilizar voces subalternas y promover lecturas situadas de las experiencias (Castañeda, 2012; Pujadas et al., 2010).
La participante fue seleccionada mediante muestreo intencional, considerando la riqueza de su experiencia migratoria y su disposición reflexiva. Para resguardar su autonomía y confidencialidad, se firmó un consentimiento informado al inicio del proceso y se utilizaron seudónimos en el tratamiento de la información. Asimismo, se generalizaron ciertos datos personales y contextuales que pudieran permitir su identificación.
Para acceder a su relato se realizaron seis entrevistas biográficas, abiertas y flexibles (Chamberlayne et al., 2000), desarrolladas virtualmente entre 2023 y 2024, con una duración media de una hora y cincuenta minutos. Cada instancia fue registrada en un cuaderno de campo y transcrita con fines analíticos. Además, se sostuvo un encuentro presencial y varias conversaciones informales, también consideradas en el análisis. La reconstrucción de la historia fue posible gracias a un vínculo de confianza previamente establecido entre la investigadora y la participante, lo que facilitó la profundidad y apertura del relato.
En el plano analítico, se articuló un enfoque narrativo-biográfico e interseccional, que permitió interpretar la trayectoria de la participante en relación con desigualdades estructurales (Chamberlayne et al., 2000; Hill Collins, 2000). La información fue analizada a través de categorías temáticas emergentes, concebidas como territorios de significación, centradas en cuatro dimensiones: motivaciones migratorias, familia, trabajo y vínculos sociales. Esta estrategia facilitó una lectura de su experiencia, destacando su agencia en contextos atravesados por jerarquías de género, clase y racialización.
Laura es una mujer afrodescendiente y de origen campesino, nacida en el seno de una familia reconstituida. Fue criada por sus padres y, tras su separación, por sus abuelos maternos en un vecindario rural del suroeste de la República Dominicana. Es madre de tres hijos y abuela de dos nietos. Lleva más de treinta años dedicada al servicio doméstico, oficio que ha ejercido tanto en su país de origen como en el extranjero. Se reconoce a sí misma como una gran conversadora y amante del baile, especialmente de la bachata.
Su historia de vida refleja la experiencia de una mujer migrante que, en medio de una crisis matrimonial, decidió hace más de catorce años emprender una travesía hacia Chile, un país entonces desconocido. Impulsada también por los rumores del llamado «sueño chileno», donde un empleo remunerado en dólares parecía posible, adquirió un paquete de viaje «todo incluido» y se aventuró a construir una nueva vida lejos de su país, permaneciendo sus dos hijas menores3 y su exmarido en origen, y convirtiéndose en la primera persona de su familia en migrar internacionalmente.
Actualmente vive sola en Santiago de Chile, trabaja en el servicio doméstico y sostiene una familia transnacional. Aunque ha regresado en varias ocasiones a su país de origen, siempre ha optado por volver a Chile, lugar en el que, según sus propias palabras, ha encontrado autonomía, calma y vínculos afectivos significativos. Si bien se imagina regresando a su tierra cuando sea mayor, por ahora es aquí donde desea habitar.
En el ámbito familiar, durante la infancia y adolescencia de Laura, se evidencian lógicas patriarcales profundamente arraigadas, caracterizadas por rígidas jerarquías de género y edad. En este marco, y desde una masculinidad hegemónica (Connell, 2003), los hombres representaban la máxima autoridad, ejerciendo un constante control de la sexualidad de las mujeres con la finalidad de preservar el «honor» familiar (Stolcke, 2014). Además, eran considerados los principales proveedores del hogar. Por su parte, las mujeres ocupaban el rol de cuidadoras, heroicas y sacrificadas, garantizando así los valores culturales familiares (Lagomarsino, 2014; Pedone, 2008; Stevens y Soler, 1974). Como consecuencia, eran relegadas al espacio doméstico (Rosaldo, 1974), es decir, excluidas de los espacios públicos y de poder (Cid, 2009). Al respecto, Laura recuerda:
Yo me acuerdo de ese tiempo de mi mamá que era protectora de los muchachos, de todos. Porque mi papá al ser fuerte, mi mamá siempre fue la protectora de ellos. Los cuidaba, nos cuidaba a todos. Por ejemplo, si ella sabía que mi papá le iba a dar una pela (golpiza) por algo a alguno hacía, ella trataba de hablar con mi papá para que no hiciera esto. Pero a mi papá no le gustaba que le faltaran el respeto. Por ejemplo, si ellas (hermanas) querían salir Mercedes (madre) no les podía dar la orden de que fueran a salir. Si el papá nos decía que no, no se podía. Aunque Mercedes interviniera, no se podía.
En este escenario, tanto las mujeres como los niños eran socializados en la sumisión absoluta ante la figura paterna y las personas adultas. De hecho, la infancia y adolescencia de Laura estuvieron marcadas por un estricto control masculino, primero ejercido por su padre y luego por su abuelo. Bajo estas circunstancias, el matrimonio se concebía como un destino ineludible para las mujeres, sin considerar otras aspiraciones personales:
Entonces yo no quería casarme en ese tiempo todavía, porque yo quería estudiar. Yo quería estudiar enfermería, hacerme licenciada […], pero mi papá (abuelo materno de crianza) me lo prohibió porque no quería que anduviera sola lejos. Yo dije bueno, pues si no voy a estudiar, no voy a hacer nada, me caso y me casé, me fui con él (exmarido) y para desgracia mía.
Al contraer matrimonio, entendido este como una institución que organiza relaciones de poder no solo de género, sino también de clase, raza y sexualidad (Hill Collins, 2000; Mohanty, 2003), se reforzaron los mecanismos de subordinación previamente descritos, permaneciendo nuevamente Laura bajo el dominio masculino:
Entonces, sus hermanas les daban (dinero a su exmarido). Después ya él se puso a hacer trabajitos, así de vez en cuando lo llamaban para hacer cualquier trabajo y él iba y lo hacía. Pero no era que me pasaba plata tampoco. Entonces, se lo bebía, se iba a jugar con los amigos, se iba todos los fines de semana de rumba (fiesta), y yo en la casa.
De igual manera, viviendo en casa de su marido junto a su familia extensa, en una residencia patrilocal, Laura relata que debió asumir reglas y expectativas ajenas. Además, se ejerció un control sobre su natalidad, entendida como «valía reproductiva» (Stolcke, 2014), es decir, sobre su cuerpo y sexualidad:
Entonces mi suegra quería que él tuviera hijos. Entonces, en ese tiempo, me mandaron a hacer unas botellas para limpiarme para que yo tuviera hijos pronto. Eso era como un remedio casero. Entonces, ahí salí embarazada al tiro (rápidamente), salí embarazada de mi hijo mayor. Entonces, al poco tiempo salí embarazada de mi hija.
Ante la imposibilidad de alcanzar la autonomía deseada dentro de su matrimonio, y en medio de un distanciamiento afectivo, Laura vislumbró en la migración una vía legítima para alejarse de su marido, en un contexto donde la ruptura conyugal se encuentra socialmente estigmatizada. Por lo tanto, su desplazamiento operó como una estrategia de «divorcio alternativo» (Lagomarsino, 2014), desafiando los mandatos de la familia heteropatriarcal:
Yo le dije (a su exmarido), «oye, ¿si me voy unos años a Chile? me están diciendo esto». Y ahí, como que no le importó, no dijo nada. Yo vi eso y dije no, es que en verdad no, no hay muchas cosas que buscar aquí […]. Y nada, yo dije me voy a ir porque no me dijo nada, no me contestó nada, no le importó nada. Como que a él daba igual que me quedara o no me fuera […]. Aunque yo le tapé muchas faltas, yo quería tener mi imagen, quería tener la imagen de un hogar, de los hijos, del esposo.
De este modo, el proyecto migratorio se presenta como resultado de una crisis matrimonial, no como causante, permitiendo relativizar las narrativas que responsabilizan a las mujeres, especialmente cuando migran de forma autónoma, por las rupturas familiares (Parella, 2012). Así, al igual que en otros casos analizados (Acosta, 2013; Correa, 2014; Stefoni, 2002), el desplazamiento operó como una forma de resistencia frente al control familiar y los roles de género opresivos en origen, donde incluso el feminicidio puede ser el desenlace de una separación:
Pero de otras personas (en relación con mujeres que se separaban en la República Dominicana) decían que lo que querían era andar de sus cuentas, haciendo cosas, haciendo y deshaciendo, cogiendo hombres […]. Por eso hay muchas muertes de mujeres. Los hombres las matan porque ellos creen que son dueños y señores de uno […] Entonces, aunque te separes, podría pasar que en el fondo este hombre siguiera creyendo que tiene control sobre ti. Matan a muchas mujeres.
Una vez concretado su proyecto migratorio, Laura construyó una familia transnacional, sostenida por vínculos afectivos y de cuidado más allá de las fronteras (Bryceson y Vuorela, 2002; Le Gall, 2012). En su relato, resalta las negociaciones establecidas con su familia para redistribuir las tareas de cuidado y sostener la cohesión del grupo (Di Leonardo, 1987; Herrera, 2004), en una dinámica que ejemplifica lo que la literatura ha conceptualizado como cadenas globales de cuidado (Hochschild, 2001). Además, subraya el rol de las mujeres de su comunidad, vecinas, amigas, parientes, en el sostenimiento de la vida cotidiana (Esteban, 2017):
Pero mi temor más grande fue dejar a mis hijos, principalmente a la chiquita (de alrededor de 7 años en ese momento). Igual yo pedí permiso, le pedí permiso a mi familia, le pedí permiso a mis hijas, pero la chiquita estaba, estaba chica, ella no sabía, no creía. Ella creía que yo iba a ir, iba a volver como lo había hecho antes (había viajado por uno meses a Estados Unidos junto a una familia con la que trabajaba). […] Pero la chiquitita, claro está, estaba muy chiquitita y después ella lo sufrió un poco, un poco mucho. […] ¿Y la casa? Bueno, pues estaba su papá ahí, mi mamá estaba ahí también, al lado, y allá los vecinos son muy, somos muy, ¿cómo puedo decir? […] O sea, tengo vecinas que «no, tranquila, que usted sabe que sus hijos son mis hijos, nosotros los vamos a cuidar igual, usted váyase tranquila». Y ahí me fui ordenando un poquito, claro está. En ese tiempo le pregunté a mi esposo qué creía, pero como él nunca tiene ni voz ni voto (decisión), entonces como que no me dijo nada. Y yo dije, bueno, no le interesa mucho, ¿sabes?, sí, me puedo ir.
Como resultado, Laura reconoce, como constatan varias autoras (Lagomarsino, 2014; Parreñas, 2015; Pedone, 2008), una sobrecarga de tareas para las mujeres en origen, especialmente para su hija mayor y madre, mientras los hombres permanecen al margen:
Margarita (hija mayor de alrededor de 21 años cuando Laura migró) tenía que llegar a la casa, después también trabajaba, también tenía que llegar a hacer cosas. Carmen (hija menor) también estudiaba, entonces no había nadie como que estuviera ahí cuando ya llegaran, encontraran con comida calentita, que para dominar sabanas limpias. Tenían que hacerlo cuando ellas tenían tiempo, no como cuando está la mamá, que la mamá se preocupaba porque tuvieran la comida ahí, porque la casa estuviera limpia cuando llegaran, para que nada más estudiaran o para que descansaran.
A propósito de la escasa implicación de los hombres en las labores domésticas, Laura relata que, cuando regresó temporalmente a la República Dominicana, le resultó insostenible observar esta situación en su exmarido:
Yo digo que para él será una deshonra hacer algo. […] Cómo tú, si ves el baño cochino, no lo puedes lavar un día, ponerlo bonito para que tus hijas también cuando lleguen descansen. Porque cuando llegan también se ponen a hacer cosas. […] Si no hace nada, qué hartante (cansador). Porque yo toda la vida como yo he trabajado siempre, y llego de trabajar y llego a mi casa a hacer lo mismo, trabajar, trabajar y trabajar. Una dice, por lo menos trabajo mucho aquí (Chile), yo trabajo mucho, mucho, pero yo llego y me puedo tirar y recostar mi espalda, sentarme un ratito, sé que no voy a seguir en lo mismo.
En este escenario, Laura también identifica un rol activo de los niños como agentes de parentesco, particularmente en el caso de su hija menor, reflejando cómo los niños pueden contribuir a las prácticas de cuidado en sus hogares en el transnacionalismo (Gregorio y Gonzálvez, 2012):
Incluso Carmen, de chica, once, doce años, aprendió a cocinar. Yo trabajando acá y ella allá, y yo la ponía a cocinar, ella aprendió a cocinar. Yo diciéndole, desde acá por teléfono.
De igual modo, se aprecia una maternidad en colectivo, sostenida por una red comunitaria y de parentesco más amplia, que permite interrogar a la figura fija de la madre como única responsable del cuidado y bienestar de los hijos, así como los paradigmas normativos asociados a la maternidad (Bogino, 2020; Gregorio y Gonzálvez, 2012):
Yo quería que ella estuviera siempre conmigo (hija menor), que mi chiquita estuviera siempre conmigo, que se criara conmigo. Después ya fue Margarita, la mayor, que se encargó de ella. Y mi mamá, mi mamá también duró un tiempo acá, viviendo acá también (en su casa de República Dominicana). Y después ya ella se fue. Ya Carmen estaba más grandecita, ya había terminado el colegio, y yo les dije, vamos a buscar a una persona y Margarita dijo: «no mami, ya nosotras nos la buscamos. Aquí, ya no queremos a nadie más».
Además, se observa cómo la transnacionalidad ha transformado el habitus (Vertovec, 2004) de Laura, llevándola a resignificar su maternidad fuera del modelo hegemónico de la «buena madre» que sacrifica todo por sus hijos (Stevens y Soler, 1974), poniendo en valor su propia tranquilidad. En este sentido, las maternidades migrantes pueden, en ciertos contextos, ofrecer a las mujeres mayor autonomía y control sobre sus vidas y decisiones (Bogino, 2020):
Ellas piensan (hijas), cómo tú desperdicias tu tiempo, desperdiciaste tantos años y no has conseguido lo que querías […] Cuando me lo dicen, sé que tienen razón, pero también hay otra cosa, yo ahora pienso en mi tranquilidad, o sea, en mi tranquilidad emocional. Como que ya yo me acostumbré.
Pese a ello, en su narrativa también se manifiestan contradicciones, donde los espacios de calma conquistada se entrelazan con sentimientos de tristeza por no haber concretado los sueños que se anclaban en su migración. Se manifiesta, así, una doble carga emocional, donde la agencia convive con la culpa moral (Parreñas, 2015). En relación con ello, Laura recuerda uno de anhelos incumplidos:
Voy a ir (a Chile) porque las voy a llevar a Disney, las voy a llevar a pasear, cuando yo esté acá… y no he podido cumplir los sueños.
De igual manera, contrarrestando los relatos que asocian la responsabilidad materna con el fracaso de los hijos que permanecen en el país de origen (Parella, 2012), Laura explicita logros significativos en las biografías de sus hijas, especialmente en su acceso a la educación universitaria. En este sentido, destacan, por una parte, las remesas económicas, que han sido clave para sostener las condiciones materiales de vida de sus hijas, y por la otra, las remesas sociales, que han influido en sus aspiraciones educativas y en las dinámicas de género en la sociedad de origen (Ciurlo, 2014; Levitt, 2001).
Frente a lo planteado, y considerando que las relaciones de género y la organización de la procreación están estrechamente vinculadas (Stolcke, 2014), la salida de Laura del núcleo familiar cuestionó el modelo de familia nuclear heteronormativa y las expectativas del matrimonio. Al asumir un rol de proveedora y madre a distancia, configuró una maternidad colectiva que rompe con la noción biologicista e individualizada del cuidado, evidenciando que este puede ser compartido, aunque siga recayendo principalmente en mujeres (Bogino, 2020; Hill Collins, 2000). Como plantea Gregorio (2013), estas prácticas pueden convertirse en formas de resistencia y crítica a las nociones hegemónicas.
No obstante, esta reconfiguración no ha supuesto una transformación sustantiva de las jerarquías de género que estructuran el trabajo de cuidados. Como advierten varios estudios (Lagomarsino, 2014; Parreñas, 2015; Pedone, 2008), los varones permanecen mayoritariamente al margen de estas responsabilidades. Así, aunque la experiencia migratoria ha significado para Laura un proceso de mayor autonomía y transformación personal, no ha supuesto necesariamente una ruptura con el orden patriarcal del parentesco, dando cuenta de los límites estructurales de la agencia femenina en circunstancias migratorias (Gregorio, 2006).
Antes de migrar, Laura ya había desafiado los mandatos tradicionales de género que delimitaban el «ser mujer» exclusivamente al ámbito reproductivo. En este sentido, en un contexto caracterizado por lógicas patriarcales, su incorporación al mundo laboral tensionó las relaciones materiales e ideológicas vinculadas a la división sexual del trabajo (Gregorio, 1998). Así, pese a la negativa de su esposo y familia, su elección representó una forma concreta de resistencia frente a las estructuras que pretendían confinarla al espacio doméstico (Mahmood, 2008; Pessar y Mahler, 2001). Sobre esto, plantea:
Entonces decidí trabajar y me dijo que no (su marido). Y yo siempre le pedía permiso para irme a trabajar. Una vez tomé la decisión y dije, me voy a ir a trabajar igual, porque yo no voy a pasar mi vida aquí, así. Yo no nací para esto, yo no nací para estar aquí, para estar adaptada, pasando trabajo, porque yo nunca he pasado trabajo, ni pasé hambre tampoco en casa, nunca pasamos. Entonces, un día salí a trabajar y lo encontré en el camino y le dije que me iba a trabajar, y él se enojó […]. Y yo así me fui. Le dije a mi suegra: «mire, ahí están sus nietos, yo sé que usted los va a cuidar igual que nosotros, así que yo me voy tranquila». Y me fui y no le dije más nada hasta la semana siguiente que yo volví. Ella (suegra), los cuidaba súper bien.
Al respecto, Laura reconoce que su ingreso al trabajo doméstico, inicialmente de manera interna, no solo le brindó cierta autonomía económica, sino que también le otorgó reconocimiento de su entorno. Convertirse en una de las primeras mujeres de su localidad en trabajar fuera del hogar abrió camino para que otras, inspiradas en su ejemplo, ingresaran en el mundo laboral, transgrediendo los mandatos de género:
Porque yo como fui una de las pioneras en trabajar en casas, porque no todo el mundo podía trabajar, porque los maridos no las dejaban, porque las familias no las dejaban […]. Y cuando yo me fui a trabajar, hice mi casa y la gente vio que yo trabajé para construir mi casa, ahí comenzaron muchísimas mujeres de mi campo a trabajar y a construir.
Además, distingue una agencia que no se limita al plano individual, sino que tuvo un efecto expansivo sobre su comunidad ejerciendo, como plantea Sen (2000), libertades sustantivas que ampliaron las garantías laborales a otras personas, asociadas al derecho al descanso:
El domingo era el único día libre que tenía. Después, yo misma fui la pionera de que las personas que trabajábamos saliéramos los sábados. Después yo misma también impulsé para que fueran los viernes y así. Después, ya todo el mundo salía los viernes.
Una vez en Chile, Laura identifica una trayectoria laboral atravesada por múltiples formas de violencia estructural y simbólica, propias de las experiencias migratorias femeninas en condiciones de desigualdad interseccional (Contreras-Hernández y Trujillo-Cristoffanini, 2023):
Al principio en Chile me engañaron mucho. O sea, no me pagaron, se quedaban con mi plata. Entonces, yo me iba de ese trabajo y entraba a otro trabajo y ya ese tiempo uno lo perdía para poder conseguir sus papeles (en referencia a la continuidad laboral antes exigida para tramitar la residencia).
Conjuntamente, como parte de un continuo entre origen y destino, volvió a insertarse en el rubro del trabajo doméstico, enfrentando una sobrecarga de tareas excesivas, favorecida por la falta de parámetros objetivos para evaluar el desempeño (Offenhenden, 2017):
Fue mi primer trabajo y yo aquí (República Dominicana) estaba acostumbrada a cuidar a un bebé, nada más. O sea, yo no hacía nada más, y llegar a una casa donde había que hacerlo todo, cuidar dos niños, cocinar, limpiar, hacerlo todo, entonces para mí fue duro. […] En realidad, yo dije, Dios mío, ¿qué es esto entonces? Y, además, había que limpiar la caca del perro, y yo me vi muy mal porque yo tenía otra forma de trabajar. Después, se me fueron agregando más trabajos.
Asimismo, en línea con lo señalado por Fernández-Matos (2019) acerca de la violencia institucional que enfrentan las mujeres migrantes, Laura identifica una profundización de su precariedad laboral a propósito de su situación de irregularidad migratoria. Esta condición no solo limitaba su acceso a derechos laborales, sino que también era utilizada por sus empleadores como mecanismo de intimidación:
Entonces no iban, no iban (a pagar lo comprometido a una Fundación, ubicada en Santiago de Chile que hacía de intermediara laboral). […] Y yo cogí un día para allá (exempleadores) con un amigo chileno y cuando llegué, el amigo mío se quedó afuera y yo le toqué, entré y le dije que yo fui a buscar el dinero, porque todavía el dinero no me había llegado, y que yo tenía que dar dinero para dar donde estaba viviendo. […] Y entonces ellos me dijeron que qué dinero, que si yo quería que me metieran presa, porque yo era extranjera, que yo estaba ilegal y qué sé yo.
Sumado a ello, relata que su origen afrocaribeño activó estereotipos raciales y de género que se expresaron en prácticas discriminatorias, desde despidos injustificados hasta ofertas de trabajo sexual en la vía pública, dando cuenta de una trama de subordinación racializada y generizada (Fernández-Matos, 2019; Viveros Vigoya, 2009).
Sí, yo estaba contenta con mi trabajo, hacía todo lo que la señora me decía que tenía que hacer, todo arreglaba, hacía todo súper bien. Pero ella tenía tres hijos varones, ya adolescentes grandes, uno tenía polola (novia) y todo, la niñita que era la más chica y su esposo, que también era un hombre joven. […] Y cuando yo llego el lunes me esperó con el dinero en la mano y yo eso me dio una depresión sabe ¿por qué? […]. Entonces yo me cansé de preguntarle (motivos del despido) y me dijo: «no, que por nada […] como usted verá Laura, aquí hay muchos hombres», me dijo […]. Yo duré meses, meses con esa angustia y ese dolor y lloraba y me sentí deprimida. Pensé hasta irme para mi país.
Frente a estas opresiones, Laura desplegó formas de resistencia cotidiana. Las redes migrantes y el apoyo institucional fueron claves para acceder a empleos, defender sus derechos y disputar las injusticias. Su denuncia ante la Inspección del Trabajo ilustra cómo la agencia requiere de condiciones materiales e infraestructurales para su despliegue (Butler, 2014):
Entonces ella (persona de la Inspección del Trabajo) le dice (abogado de su exempleadora) «usted tiene que pagarle x cantidad» (a Laura) y el abogado le dijo: «¿tú te vas a ir en banda de ella, de ella que es extranjera y no de nosotros que somos chilenos?». Y ella le dijo: «no, yo no estoy ni a banda de ella ni de nadie, yo estoy del bando de las leyes, las leyes dicen esto y ustedes lo tienen que pagar». Entonces ya yo ahí vi como que sí teníamos apoyo. O sea que no importaba y me lo dijeron, no importa que usted sea ilegal, no nos importa que ustedes sean extranjeros, las leyes son para todos por igual.
En suma, la historia de Laura expresa cómo múltiples formas de desigualdad producen experiencias laborales jerarquizadas y excluyentes (Magliano, 2015), pero también cómo, incluso en estos escenarios, pueden emerger estrategias de afrontamiento (Mahmood, 2008 Contreras y Alcaide, 2021) que disputan la exclusión y abren espacio para el ejercicio de derechos.
A lo largo de la biografía de Laura, se aprecia cómo las mujeres, tanto familiares como amigas, han constituido una red de apoyo fundamental para enfrentar distintas formas de opresión. En la República Dominicana, fueron vecinas y parientes quienes colaboraron en el cuidado de sus hijas, y esas mismas redes continuaron sosteniendo la crianza una vez migrada. Al llegar a Chile, desde una ética del cuidado mutuo y la interdependencia (Hooks, 2017), Laura reconoce que otras mujeres migrantes le brindaron apoyo material y afectivo favoreciendo su inserción en el país (Hondagneu-Sotelo, 1994; Massey et al., 1993):
Es como que uno como que uno llegó a donde había familia (mujeres dominicanas que conoció al llegar al país), ya encontró familia. O sea, no nos conocíamos, pero encontré una familia. Incluso tengo todavía amistad con ellas, con algunas […]. Nos dábamos apoyo las unas a las otras. Primero, éramos menos (en el departamento) y después fueron llegando más y más. A todas se les fue dando apoyo, nos fuimos apoyando las unas a las otras, nos comprábamos la comida entre todas, compartíamos. Era como que uno se encontró con la familia.
Se identifica, así, una conciencia colectiva que trasciende las diferencias de edad, raza o nacionalidad, activada solo por el hecho de ser mujeres (Royo et al., 2017). En este marco, la sororidad aparece como práctica que posibilita disputar el aislamiento, generar espacios de protección y conquistar derechos (Lagarde, 2012):
Y cuando ya perdí ese trabajo, volví a la Fundación, y ahí conocí muchas más amigas, se fueron pegando más y más. Ahí les caí en gracia y comenzamos a conversar. Bueno, pues ahí conseguí mis amigas peruanas, que todavía somos amigas. […] Y ahí comencé a ser amiga con la Mari, con la Andrea, pues después conseguimos a la Lore y así. O sea, nos juntábamos hasta la fecha. Encontré como una familia. Mucho apoyo de parte de ellas o apoyo mutuo. Mucho apoyo. ¡Salíamos, carreteábamos (salir de fiesta), bailábamos, uy como uno se imagina! Y como tenían más tiempo que yo acá también, y yo me veía un poco más tímida, ellas me decían: «no, negrita, esto, lo otro.» Fui soltándome un poquito más en el ámbito laboral, social.
Asimismo, las redes de mujeres desempeñan un rol central en la resignificación identitaria de Laura, habilitando formas de agencia que van más allá de lo material. Esta reapropiación subjetiva, parte fundamental del agenciamiento en circunstancias migratorias, según Pessar y Mahler (2001), se expresa en prácticas como imaginar la calma, redefinir vínculos y habitar espacios afectivos seguros:
La juventud que yo tuve fue muy cohibida. […] La primera vez que vinieron, que las mujeres llegaron, dijeron: «vamos a salir en grupo», yo dije: «no, no voy». A mí me da vergüenza ir y que se den cuenta (familia en origen) de que yo estoy «carreteando» (de fiesta), que estoy acá tomando cerveza. Pero ya, fue bueno, yo voy a pasarlo bien. La Mari me decía: «olvídate, pásalo bien, negra, pásalo bien» […] Antes de tener hijos no me dejaban salir, no me dejaban juntarme con amigas, no tenía mucha vida social. […] Aquí yo he tenido mucha vida social. Como que se dice, me «salí del tiesto», como dicen allá.
Esta red de amigas, que según ella «le cambiaron la vida», le permitió acceder a nuevos espacios de socialización que, simbólicamente, crearon las condiciones para iniciar una nueva relación de pareja. De hecho, afirma: «estaba muy de mi casa, fue aquí que me liberé». En esa línea, al ser consultada por sus motivaciones para permanecer en Chile, plantea:
Es por mi tranquilidad, por mi tranquilidad. Acá, también tengo otra parte, o sea, tengo una persona (pareja en Chile) que me quiere, que me respeta, que se preocupa por mí, que es muy preocupado, me llama por la mañana, o sea, antes de acotarse «¿está bien? ¿cómo está?», o sea, es atento […]. Cosa que no tengo allá, eso no lo tengo con él (exmarido), no lo tengo, nunca lo he tenido.
Se observa así un proceso de agenciamiento sostenido en la amistad y su potencial transformador (Royo et al., 2017). Estos vínculos fueron clave para sostener la vida frente a un sistema patriarcal que subordina y deshumaniza (Hooks, 2017), y habilitaron nuevas lógicas emancipatorias. Aunque Laura migró en busca de un «divorcio alternativo» (Lagomarsino, 2014), su experiencia adquirió nuevos sentidos vinculados a la libertad, la amistad y la posibilidad de recomponer su vida afectiva. De este modo, la agencia no se limita a actos visibles, sino que se teje en lo afectivo y lo cotidiano (Pessar y Mahler, 2001). Ello no implica desconocer las tensiones que la atraviesan: Laura, por ejemplo, aún no ha contado a su familia que tiene una nueva pareja, lo que revela las contradicciones, los silencios y las normas persistentes.
Este estudio, reconociendo las limitaciones propias del enfoque biográfico, ha permitido problematizar cómo el género, la clase, la raza y el estatus migratorio configuran interseccionalmente los itinerarios de mujeres migrantes, generando experiencias diferenciadas y jerarquizadas (Magliano, 2015). En el caso analizado, se evidencia cómo, incluso en circunstancias de subordinación, las mujeres despliegan formas de agencia situada (Pessar y Mahler, 2001) que transforman sus vidas y sentidos identitarios, desafiando las estructuras que condicionan sus recorridos.
Esta tensión entre opresión y resistencia se manifiesta, especialmente, en el ámbito familiar, donde decisiones como la migración autónoma desafían las jerarquías tradicionales de género y reconfiguran vínculos y roles en el marco de familias transnacionales. Frente a ello, si bien la maternidad a distancia y colectiva puede habilitar nuevas formas de autonomía (Bogino, 2020; Hill Collins, 2000), también tiende a reproducir asimetrías al delegar el cuidado en otras mujeres, sin corresponsabilidad masculina (Gregorio, 2006; Pedone, 2008).
En el plano laboral, la biografía de Laura evidencia formas de explotación, precariedad y discriminación racial que afectan a las mujeres migrantes insertas en sectores feminizados como el servicio doméstico (Fernández-Matos, 2019; Gregorio, 2006; Parella, 2003; Viveros Vigoya, 2009). Al mismo tiempo, da cuenta de estrategias cotidianas de resistencia que, a través de redes de apoyo y vínculos institucionales, permiten disputar injusticias y redefinir sus experiencias laborales (Contreras y Alcaide, 2021).
Por otra parte, las redes de mujeres migrantes se constituyen como un soporte fundamental, tanto material como simbólico. Desde una ética del cuidado mutuo y la sororidad (Hooks, 2017; Royo et al., 2017), estas colectividades permiten resistir el aislamiento, la desvalorización y el abandono, fortaleciendo subjetividades más autónomas y emancipadas, aunque no exentas de tensiones y ambivalencias.
Finalmente, la historia de Laura invita a cuestionar los enfoques exclusivamente economicistas sobre la migración femenina. Si bien los factores materiales están presentes, el deseo de emancipación y libertad emerge como una dimensión central, entendido no como un impulso individualista, sino como una respuesta situada frente a estructuras que regulan el género y el parentesco (Acosta, 2013; Correa, 2014; Stefoni, 2002).
En consecuencia, resulta imprescindible adoptar enfoques interseccionales y biográficos que reconozcan los agenciamientos femeninos como procesos complejos, situados y relacionales, capaces de disputar el orden establecido, enriqueciendo así los debates acerca de las experiencias de mujeres migrantes en contextos de desplazamiento sur-sur.
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1 El presente artículo recoge las reflexiones del Trabajo de Fin de Máster realizado para el Máster en Antropología Urbana, Migraciones e Intervención Social, de la Universitat Rovira i Virgili, titulado «Sobre opresiones y resistencias: Laura, una mujer dominicana en Santiago de Chile», desarrollado por la autora bajo la dirección de la Dra. Montserrat Soronellas Masdeu.
2 El nombre de la protagonista de esta historia, así como de otras personas de su familia, fueron modificados para proteger su identidad, conforme a criterios éticos de investigación.
3 Su hijo mayor migró también a Chile y vive junto a su familia en el sur del país.